Manuel Doba�o Pelaez

 Doba�o, Manuel : Memoria dun compromiso : [Asociaci�n UNESCO, 10 anos no Prat, 1992-2002] / Manuel Doba�o
MANUEL DOBA�O

Ha publica "Memoria dun compromiso", facendo historia do dez primeiros anos da Asociaci�n Unesco do Prat de Llobregat, que contribu�u a fundar e que o trouxo � secretar�a xeral da Federaci�n de Asociaci�ns e Clubs Unesco de Catalu�a. Nacido a Xinzo de Limia (Ourense), onde fundou unha emisora local, chegou a Barcelona s� acabar o ensino medio. Ao longo de trinta anos compatibilizou a actividade empresarial e o xornalismo, cousa que non impediu ser designado o "mellor correspondente da axencia EFE" na d�cada dos 80 e destacou �s chairas da "Folla do Luns" ata que o xornal da Asociaci�n da Prensa deixou de publicarse.

 

 nace en  Xinzo de Limia (Ourense), onde fundou unha emisora local de radio.
Chegou a Barcelona s� acabar o ensino medio e vive no Prado de Llobregat. Profesionalmente compatibilizou a actividade empresarial e o xornalismo. Foi designado "mellor correspondente de l?axencia EFE" a d�cada dos 80 e destacou como colaborador do diario a "Folla do Luns", ata que o xornal da Asociaci�n da Prensa deixou de publicarse. A s�a obra describe a historia do dez primeiros anos da Asociaci�n Unesco do Prat de Llobregat, a cal contribu�u a fundar e que o trouxo � secretar�a xeral da Federaci�n das Asociaci�ns e Clubs Unesco de Catalu�a.


Obra publicada:

Memoria dun compromiso (Asociaci�n UNESCO, 10 anos no Prat, 1992-2002). O Prat de Llobregat: R�brica, 04/2002. Instituci�ns cient�ficas.


 

Inocentadas en Xinzo de Limia
  Manuel Doba�o Pel�ez - - 28-12-2009

La inocentada que m�s recuerdo es la que me organizaron unos familiares en mi villa natal de Xinzo de Limia. Corr�an los a�os 50 y, ante mi ignorancia, el calendario se�alaba que era 28 de diciembre.

Confiado y, sobre todo, muy abrigado, sal� a la calle. Pronto me percat� de que alguien me llamaba a lo lejos. Era Gonzalo Pel�ez, primo hermano de mi madre, que a la puerta del comercio de tejidos que regentaba, junto con su hermano Juletas, no paraba de hacerme gestos con la mano para que me acercara. Recuerdo que por all� tambi�n andaba mi primo Quinito y alguien m�s. Debidamente compinchados me propusieron que fuera al estanco de �Las Sabidillas� y que comprara un paquete de tabaco, pero que ten�a que ser de la marca �Sabidillas�, con la firme promesa de que, a la vuelta, me recompensar�an con una peseta, entonces todo un fortun�n para un ni�o de ocho o nueve a�os.

No me lo pens� dos veces y, con paso decidido, para all� me encamin� y, una vez dentro del establecimiento, no me cort� ni un pelo y reclam� el pedido que me acababan de hacer. Fue entonces cuando observ� que la due�a del estanco, una viuda con muy malas pulgas, se adentr� en la trastienda del negocio y, escoba en ristre, sali� de detr�s del mostrador y me corri� hasta el espol�n de la plaza sin dejar de darme escobazos y de gritar al un�sono ���Toma sabidillas sinverg�enza!!�.

No es necesario aclarar que, en mi ol�mpica carrera, mis pies no tocaban el suelo, por cuya raz�n, la enfurecida estanquera apenas logr� arrearme un par de escobazos. Sobre el resto de la historia, ya se la pueden imaginar. Con el inevitable sofoco a cuestas y con cara de muy malos amigos, exig� a mi pariente la prometida comisi�n, advirti�ndole que si no lo hac�a as�, no le devolver�a el duro que me dio para pagar el envenenado paquete de marras.

Al final, la cosa se resolvi� pac�ficamente, pero lo que m�s me humill� fue el coro de risotadas que sent� a mi alrededor, mientras no paraban de repetirme aquello de ��inocente, inocente!�. Sin embargo, esta experiencia no fue suficiente escarmiento. Al a�o siguiente, pr�cticamente los mismos protagonistas, me encargaron que fuera a recoger �la piedra de afilar las agujas� a los �Almacenes D�az�, que distaban bastante de �La Perla�, el comercio de los hermanos Pel�ez. Al llegar a mi destino, el tal D�az, previamente alertado de la broma, me endos� un saco, en cuyo interior hab�a una piedra de considerable peso. No les cuento el ep�logo de esta segunda inocentada, porque mi autocensura no me lo permite.

 Fuente : La Regi�n.

'Las Sabidillas'

La inocentada que m�s recuerdo es la que me organizaron unos familiares en mi villa natal de Xinzo de Limia (Ourense). Corr�an los a�os 50 de un reci�n estrenado y crudo invierno galaico y, ante mi ignorancia, el calendario se�alaba que era 28 de diciembre. Confiado y, sobre todo, muy abrigado, sal� a la calle. Pronto me percat� de que alguien me llamaba a lo lejos. Era Gonzalo Pel�ez, primo hermano de mi madre, que a la puerta del comercio de tejidos que regentaba, junto con su hermano Juletas, no paraba de hacerme gestos con la mano para que me acercara.

Recuerdo que por all� tambi�n andaba mi primo Quinito y alguien m�s. Debidamente compinchados, me propusieron que fuera al estanco de "Las Sabidillas" (me se�alaron la direcci�n) y que comprara un paquete de tabaco, pero que ten�a que ser de la marca "Sabidillas", con la firme promesa de que, a la vuelta, me recompensar�an con una peseta, entonces todo un fortun�n para un ni�o de ocho u nueve a�os.

No me lo pens� dos veces y, con paso decidido, para all� me encamin� y, una vez dentro del establecimiento, no me cort� ni un pelo y reclam� el pedido que me acababan de hacer. Fue entonces cuando observ� que la due�a del estanco, una viuda con muy malas pulgas, se adentr� en la trastienda del negocio y, escoba en ristre, sali� de detr�s del mostrador y me corri� hasta el espol�n de la plaza, sin dejar de darme escobazos y de gritar al un�sono: ���Toma sabidillas, sinverg�enza!!!

No es necesario aclarar que, en mi ol�mpica carrera, mis pies no tocaban el suelo, por cuya raz�n, la enfurecida estanquera apenas logr� arrearme un par de escobazos. Sobre el resto de la historia, ya se la pueden imaginar. Con el inevitable sofoco a cuestas y con cara de muy malos amigos, exig� a mi pariente la prometida comisi�n, advirti�ndole que si no lo hac�a as�, no le devolver�a el duro que me dio para pagar el envenenado paquete de marras.

Al final, la cosa se resolvi� pac�ficamente, pero lo que m�s me humill� fue el coro de risotadas que sent� a mi alrededor, mientras no paraban de repetirme aquello de "�inocente, inocente!". Sin embargo, esta experiencia no fue suficiente escarmiento. Al a�o siguiente, pr�cticamente los mismos protagonistas, me encargaron que fuera a recoger "la piedra de afilar las agujas" a los "Almacenes D�az", que distaban bastante de "La Perla", el comercio de los hermanos Pel�ez.

Al llegar a mi destino, el tal D�az, previamente alertado de la broma, me endos� un saco, en cuyo interior hab�a una piedra de considerable peso. No les cuento el ep�logo de esta segunda inocentada, porque mi autocensura no me lo permite. Lo curioso de todo es que, con el paso del tiempo, fui a recalar a Catalunya, donde me cas� con una persona que responde al nombre de Inocencia (Ino, para los amigos).

Siempre que rememoro este suceso, acude a mi mente la delirante escena de una pel�cula italiana de hace unos a�os, en la que el protagonista se llamaba algo as� como Cornelio Caprone y que sospechaba que su santa esposa le enga�aba con su mejor amigo, quien le reprochaba que con semejante nombre y apellido estaba "predestinato".

Y, de esta manera, un tanto agropecuaria, es como se divert�a la gente, en tiempos de la "Longa noite de pedra", tal como dej� esculpido el gran escritor gallego, Celso Emilio Ferreiro.
 

 

la vanguardia.

 

 

 

  • www.xinzodelimia.eu Contador Gratis